Escrito por: Mireia Bringué
Tabla de contenidos
- La tecnología es solo una parte de la viabilidad del proyecto
- Mapear recursos y actores ayuda a diseñar la cadena de valor
- Identificar a los actores no basta: hay que facilitar la colaboración
- Antes de buscar financiación, hay que reducir los riesgos del proyecto
- La regulación debe analizarse desde las primeras fases
- Analizar el valor que se genera en toda la cadena
- Acompañar cada proyecto según lo que necesita
Una tecnología prometedora no garantiza que un proyecto de bioeconomía llegue a ponerse en marcha. Para hacerlo realidad, también hay que asegurar el suministro de recursos, encontrar salida para los productos, coordinar a quienes participan, resolver los requisitos regulatorios y construir un modelo económico que funcione.
Ese trabajo —menos visible que la propia tecnología, pero decisivo— ha estado en el centro de BioBoost. Durante cuatro años, este proyecto europeo ha acompañado iniciativas de bioeconomía circular en Cataluña mediante servicios de asistencia para el desarrollo de proyectos (Project Development Assistance, PDA). El apoyo ha cubierto ámbitos técnicos, legales, empresariales y financieros, además del mapeo de recursos y actores, la facilitación y el análisis de impacto.
Símbiosy ha participado junto con Inveniam, Aeris y RocaJunyent. Desde nuestra experiencia en simbiosis industrial, hemos contribuido a conectar recursos, empresas y conocimiento para que las ideas pudieran avanzar con una visión más completa de su cadena de valor.
BioBoost evaluó 20 iniciativas y acompañó a 11 con planes de desarrollo adaptados a sus necesidades. Se prestaron cerca de 60 servicios especializados. El trabajo contribuyó a activar cuatro inversiones, movilizar alrededor de 10 millones de euros e identificar un potencial de inversión superior a 50 millones. Los servicios recibieron una valoración media de 4,5 sobre 5.
Más allá de estas cifras, BioBoost ha permitido extraer aprendizajes aplicables a otros proyectos y territorios que quieran impulsar la bioeconomía circular.
1. La tecnología es solo una parte de la viabilidad del proyecto.
Una solución puede funcionar técnicamente y, aun así, no estar lista para implantarse. ¿Hay suficiente materia prima durante todo el año? ¿Quién la suministrará y en qué condiciones? ¿A quién se venderá el producto? ¿Cómo se cubrirán el transporte, los permisos y la inversión? ¿Quién tomará las decisiones y asumirá cada responsabilidad?
En los proyectos que hemos acompañado, algunas de las dificultades principales no estaban en el proceso tecnológico, sino en cuestiones como la falta de datos fiables sobre los recursos disponibles, la ausencia de acuerdos de suministro o la incertidumbre sobre los mercados de los productos resultantes.
Por eso, evaluar una tecnología exige mirar también el conjunto: recursos, logística, mercado, regulación, financiación y organización. Cuanto antes se planteen estas preguntas, más fácil será detectar qué falta y orientar el trabajo siguiente.
2. Mapear recursos y actores ayuda a diseñar la cadena de valor.
El mapeo permite pasar de una oportunidad aparente a una imagen más precisa de lo que puede hacerse. En los recursos, interesa conocer no solo la cantidad, sino también la calidad, la estacionalidad, la ubicación, los usos actuales y las condiciones de transporte. En los productos y subproductos, conviene analizar sus características y destinos actuales, así como otras aplicaciones posibles.
Ese análisis debe ir acompañado de un mapeo de actores: quién genera o controla los recursos, quién podría transformarlos o transportarlos, quién utilizaría los productos y qué papel pueden tener las administraciones, los centros de investigación o las entidades financieras. Así se identifican dependencias, colaboraciones posibles y vacíos que todavía hay que resolver.
En el proyecto del Agroparc de Casa Ametller estudiamos cómo valorizar residuos agrícolas de la propia actividad y de explotaciones y zonas forestales cercanas mediante digestión anaerobia. El mapeo ayudó a identificar qué recursos locales podían alimentar el proceso y quiénes podrían aprovechar el biogás y otros productos resultantes.
Con Labin, empresa de fertilizantes y productos de base biológica para la agricultura, analizamos tanto las entradas como las salidas del proceso. Mapeamos fuentes alternativas de proteínas de origen animal que podrían emplearse como materia prima y estudiamos los productos obtenidos y sus posibles usos más allá del sector agrícola, donde se utilizan actualmente. También identificamos empresas, centros de investigación y otros agentes con los que explorar colaboraciones y apoyar el escalado.
El mapeo no sustituye los estudios de viabilidad técnica, económica, comercial o regulatoria. Sirve para orientar esos análisis y concentrarlos en alternativas con posibilidades reales. En Símbiosy lo utilizamos precisamente para ayudar a tomar decisiones y construir cadenas de valor ajustadas al territorio.
3. Identificar a los actores no basta: hay que facilitar la colaboración.
Los proyectos de bioeconomía circular rara vez dependen de una única organización. En una misma cadena de valor pueden participar productores de biomasa, industrias, proveedores tecnológicos, operadores logísticos, administraciones públicas, centros de investigación, inversores y posibles usuarios de los productos finales.
El mapeo permite identificar quién debería formar parte de esta cadena. La facilitación ayuda a convertir esas conexiones potenciales en una colaboración efectiva.
Las organizaciones implicadas pueden utilizar lenguajes diferentes, trabajar a ritmos distintos y perseguir objetivos que no siempre coinciden. Por ello, es necesario crear una visión compartida, aclarar las funciones de cada participante, alinear expectativas, gestionar posibles desacuerdos y mantener el avance del proyecto.
El caso de la valorización de la lana en Tagamanent ilustra bien. Desarrollar una cadena de valor local no requería únicamente identificar una tecnología adecuada para tratar la lana. También era necesario conectar a ganaderos, empresas transformadoras, usuarios potenciales, centros de investigación y administraciones públicas alrededor de una oportunidad común. Este trabajo permitió crear una primera red de actores interesados en buscar conjuntamente soluciones para el tratamiento y la valorización de un recurso que, con frecuencia, acaba gestionándose como residuo.
La facilitación debe planificarse desde el inicio y contar con tiempo, capacidades y recursos específicos. Identificar una posible sinergia es solo el primer paso: para hacerla realidad, hay que construir y acompañar la colaboración.
4. Antes de buscar financiación, hay que reducir los riesgos del proyecto.
El acceso a la financiación se identifica habitualmente como uno de los principales obstáculos para los proyectos de bioeconomía. Sin embargo, buscar inversores no siempre es la primera necesidad.
Para evaluar una oportunidad, los inversores necesitan información fiable, una tecnología suficientemente validada, un mercado definido, previsiones económicas realistas y claridad sobre los permisos, la propiedad del proyecto y su modelo de gobernanza. También necesitan garantías razonables sobre el suministro de materias primas y la venta de los productos obtenidos.
Muchas iniciativas de bioeconomía todavía están desarrollando estos elementos cuando empiezan a buscar financiación. Además, sus perfiles de riesgo pueden resultar poco conocidos, especialmente cuando dependen de varios proveedores, infraestructuras compartidas o modelos cooperativos.
También existe un desajuste de escala. Algunas iniciativas necesitan inversiones relativamente pequeñas o progresivas, mientras que muchos fondos trabajan con importes mínimos superiores. Al mismo tiempo, los proyectos más innovadores pueden encontrarse en un punto intermedio: demasiado avanzados para determinadas ayudas, pero todavía poco maduros para atraer inversión privada.
Por ello, antes de presentar un proyecto a posibles financiadores, es necesario reducir progresivamente sus principales riesgos. Esto puede implicar validar la tecnología, formalizar acuerdos de suministro y compra, completar los estudios técnicos, resolver cuestiones regulatorias, dividir la inversión en fases o combinar financiación pública y privada.
La inversión no depende únicamente de comunicar mejor el proyecto. Depende, sobre todo, de demostrar que los elementos necesarios para hacerlo viable están suficientemente definidos.
5. La regulación debe analizarse desde las primeras fases.
En bioeconomía circular, un material puede considerarse recurso en una etapa y residuo en otra. Su uso puede estar sujeto a normas distintas según su origen, composición y destino, por ejemplo, sobre subproductos animales, fertilizantes, productos químicos, seguridad alimentaria o fin de la condición de residuo. A esto se añaden permisos ambientales, requisitos urbanísticos y competencias administrativas.
Si estas cuestiones se revisan cuando la solución ya está diseñada, pueden obligar a cambiar materias primas, productos, ubicación o tecnología, con el coste y los retrasos que eso implica. El análisis regulatorio debe empezar pronto y ayudar a definir qué se puede utilizar, qué requisitos habrá que cumplir y qué productos se podrán comercializar.
La regulación no es una comprobación final que se realiza cuando el proyecto ya está diseñado. Es uno de los elementos que condicionan su diseño desde el principio.
6. Analizar el valor que se genera en toda la cadena.
En bioeconomía circular, el resultado de un proyecto no se mide solo por lo que produce o ingresa una empresa. Si un subproducto que antes suponía un coste se convierte en materia prima para otra actividad, el beneficio puede repartirse entre varios eslabones: quien lo genera reduce una carga de gestión, quien lo transforma crea un producto y quien lo utiliza accede a un recurso. El territorio también puede ganar si esa actividad aprovecha recursos locales y mantiene empleo e ingresos en la zona. A este valor que se crea a través de las relaciones entre actores lo llamamos valor sistémico.
La experiencia de BioBoost nos ha enseñado que estos beneficios no se hacen visibles por sí solos. Hay que entender qué cambia gracias al proyecto, quién obtiene valor y qué costes o responsabilidades asume cada parte. Después se pueden elegir indicadores adecuados —por ejemplo, recursos aprovechados, costes de gestión evitados, energía producida, emisiones reducidas o empleo local— para describir los resultados y comparar alternativas. No se trata de acumular cifras, sino de medir aquello en lo que el proyecto puede influir de verdad.
La lección aprendida es evaluar cada iniciativa tanto por su viabilidad económica como por el valor que genera para los demás actores de la cadena y para el territorio. Identificar y medir ambas dimensiones ayuda a tomar decisiones mejor fundamentadas y a reconocer qué condiciones permitirán que esos beneficios se mantengan.
Acompañar cada proyecto según lo que necesita
BioBoost también nos ha confirmado que acelerar proyectos no consiste en ofrecer el mismo paquete de servicios a todo el mundo. Cada iniciativa parte de recursos, actores, tecnologías y barreras distintas. El acompañamiento debe comenzar con un diagnóstico y una hoja de ruta propia, capaz de cambiar cuando aparecen nuevos datos.
Un proyecto puede necesitar apoyo técnico; otro, mapeo, desarrollo de mercado, análisis regulatorio, estructuración financiera o facilitación. A menudo necesita varias de estas capacidades a la vez. Por eso, los territorios necesitan estructuras de apoyo estables que conserven el conocimiento y conecten a promotores con empresas, administraciones, centros de investigación y entidades financieras, también cuando termina un proyecto financiado.
Acelerar no significa saltarse etapas. Significa plantear a tiempo las preguntas que, si se dejan para más adelante, pueden frenar todo el proyecto.